Saturday, October 22, 2005

Indian feelings

Hemos vuelto de India hace ya 3 semanas, y desde entonces no he visto pasar el tiempo.

India fue agotador, estresante, precioso, kitsch, gracioso, caluroso, desértico, hindú y precario.

Cada día o par de días, cambiábamos de ciudad. Habíamos alquilado un coche con chófer, opción altamente recomendable, visto que el más aguerrido de los conductores europeos se encontraría desorientado y paralizado por la conducta india. El mayor consejo que se le podría dar, sería de probar el pito del coche antes de lanzarse a la carretera. Las distancias de una ciudad a otra eran de 250 o 300 kilómetros, pero las carreteras indias no tienen nada de comparable con Europa, y tardábamos de 5 a 6 horas para alcanzar nuestro siguiente destino. El highway indio, lo más modernito de Rajasthan, resulta ser igual de pintoresco que los palacios de los Maharajas. En India, no hay miles de carreteras. Más bien, de un punto al otro, yo diría que o vas por la carretera, o vas caminando a través del desierto. Con lo cual el highway, lo utiliza todo cristo, los coches, los camiones pintados a mano (no suelen tener intermitentes, así que los dibujan), las motocicletas (nunca menos de 3 personas por moto, cuando no se trata de la familia al completo), los tractores, y como de vez en cuando el highway atraviesa aldeas, te encuentras con un paso de cebra, a la altura del que confluyen los rickshaws, los camellos, y como no, algunas vacas durmiendo en la mediana. Añadido a los numerosos baches de la carretera, los 300 km se convierten en prueba de fuego para la espalda y los nervios.
Lo que más me llama la atención en India son los colores. Las chicas, por muy pobres que sean, van envueltas en telas de colores vivos preciosos, saris y demás pijamas de algodón, seda o sintético, que no tienen nada que envidiar a la moda europea, que después de eso parece de lo más sosa. En el desierto, las mujeres son preciosas. Os reto a encontrar una fea en el desierto indio. Las niñas tienen ojos y sonrisas que hipnotizan, las mujeres tienen la mirada franca y el pelo divino. Los hombres sin embargo son muy grises y cutres, no llevan casi nada colorido, van con ropa triste que no destaca en absoluto. Y como en el universo entero, los niños son traviesos, buscavidas por obligación de la pobreza local, manipulados y utilizados por familias desesperadas, persiguen a los turistas con la esperanza de conseguir algo, moneditas o muestras de champú. Creo que llegar a los 5 años de vida ahí es un milagro. Cada niño en edad ya de hablar me parecía un auténtico superviviente.
Los hoteles indios, por muy buenos que sean, siguen estándares locales. Después de ver India, alojándome en hoteles muy buenos por lo que es el país, sé que la cultura de la higiene viene con el desarrollo. La falta de agua no ayuda, imposible de beber y saliendo sin presión de los grifos. Y total, ¿quien ha dicho que era importante cambiar las sábanas entre 2 clientes?
Ahí todo se regatea, y todos intentan sacarte más de lo que les debes. Sólo recuerdo una vez en que la cuenta de la comida estaba bien hecha. Fue en un pequeño restaurante de carretera, en medio de la naturaleza, rodeado de árboles, lo más refrescante para la mente y el cuerpo después de días de desierto. Este día caía una de las últimas lluvias del monzón. Chorros y chorros de agua incesantes, impresionantes, y de consecuencias inesperadas... estábamos 7 personas en el coche (6 amigos más el chófer), con lo cual las mochilas viajaban... en el techo. Y claro, llevábamos ya unos cuantos días en india, paseando por los bazars, comprando foulares, camisas y otras telas teñidas artesanalmente... ¡Me encanta el tono arco iris del pantalón de Raúl! Claro que no debería burlarme, desde entonces competimos todos en la categoría payasos. Después de comer como leones en este sitio encantador, donde nos atendieron con la máxima atención y hasta con cariño (nos vieron tan hambrientos, que nos trajeron las fuentes de la cocina directamente en la mesa, y eso que la comida era divina y muy barata), fuimos a visitar un templo jainista extremadamente bien cuidado, sitio de paz y tranquilidad perdido en la vegetación, cuya magia ganaba aún más con la lluvia del monzón. El gran sacerdote del templo nos vio entrar, y se ofreció a contarnos la historia del templo y explicarnos como viven. Me encantó. Rezó por nosotros, cantando un mantra en postura de loto, y creo que gracias a él sé más o menos de donde viene la idea de que India es una experiencia mística... porque si no fuera por este templo, pensaría que todo eso de la filosofía india de paz y tranquilidad, yoga y mantras, es una invención de los Beattles.

El viaje no acaba aquí, pero prefiero dejaros con el gustillo en la boca, para que tengáis ganas de venir al Tea Palace a probar el Darjjeeling que hemos traído, o la cajita de Masala Chai (espero saber prepararlo tal y como lo hacían).
Ya sabéis chicos, pasaros cuando queráis.

Namasté!